miércoles, 22 de abril de 2009

Libro de artista. Definiciones


Según el Larrousse de 1998, el “libro de artista, obra en forma de libro, enteramente concebido por el artista que no se limita a un trabajo de ilustración. (Bajo su forma más libre, el libro de artista se vuelve libro-objeto)”. Sin embargo, no es tan sencillo definirlo: ante todo es un área de competencia artística (el género artístico: libro de artista) y, a la vez, es un producto de esa actividad, un objeto artístico llamado “libro de artista”. Es, entonces, el fruto de dos instancias, primero la apropiación del soporte “libro” de extensísima tradición cultural, de difusión y divulgación de textos, sobre todo escritos, y, luego de la intervención del artista que vulnera e irrumpe en la serena índole del soporte, convirtiéndolo en una obra de arte.

    Ante todo es necesario precisar las diferencias entre el “libro ilustrado” y el “libro de artista”. En rigor, ambas categorías son realizadas por artistas aunque, en el primer caso, la ilustración está al servicio del texto verbal y puede escindirse del libro sin pérdida de información. Al igual que en un poema de figuras o carmina figurata , lo visual está en función asistencial, redundante, reafirmando lo expresado por el verbo. En cambio, ello es imposible en un libro de artista (o en un poema visual) sin que la obra se vea absolutamente menoscabada en la información que prové. También hay que diferenciar al libro de artista del “arte del libro”, más relacionado con el mercado del arte editorial y del merchandising (encuadernaciones, formatos originales, variaciones sensibles en el formato libro, cortes, diseños de tapa, etc.) que con el arte en sí.

    Si nos asomamos a sus orígenes tal vez tengamos una mayor aproximación conceptual. Muchos afirman que el primer libro de artista fue la “Caja Verde” (1934) de Marcel Duchamp aunque, otros, señalan a las “aguas fuertes” de Goya de fines del s. XIX o a los libros del poeta metafísico inglés William Blake (1790) y, aún, más lejos en el tiempo, a los cuadernos de Leonardo da Vinci de fines del s. XVI. Otros, llevan el origen a los libros religiosos de los monjes irlandeses de la Edad Media o, definitivamente, a las tablillas de corteza de árboles con signografías e inscripciones de nuestros antepasados neolíticos. Lo cierto es que en el s. XX, el fenómeno creativo se extiende y no hubo artista que no hiciera los suyos, siendo el español Pablo Picasso uno de los más prolíficos al reconocérsele la autoría de 150 libros de artista.
Edgardo Antonio Vigo

     

    Pese a tan renombrados antecesores, la crítica moderna se inclina a pensar que el género nace, realmente, hacia 1960, con el Conceptualismo. La crítica francesa, Anne Moeglin-Delcroix, nos habla de dos vertientes: una norteamericana y otra europea, siendo las obras de Eduard Ruscha y de Dieter Roth los paradigmas respectivos. Según Riva Castleman, en su libro A Century of Artist Boo ks 1994 (“Un Siglo de Libros de Artistas”), comentando la “Caja Verde” de Duchamp (también conocida como La Mariée Mise a Un par ses Celibataires Meme ), dice:

    “La Caja Verde es simultáneamente el modelo para los así llamados libros-objetos (aquellos trabajos del último cuarto del s. XX que incluyen textos en contenedores no tradicionales) y el más valioso prototipo del libro de artista, como vino a ser identificado luego de los 50s. (…) los libros de artista son eso, la obra del artista cuyo imaginario, más que estar sometido al texto, lo supera por traducirlo en un lenguaje que tiene más significados que las propias palabras puedan expresar solas.”

    La ya citada Moeglin-Delcroix piensa que:

    “…el libro es, tanto históricamente como por su propia naturaleza, un medio concebido para conferir prioridad al mensaje. Esa es una de las principales razones que avalan su aparición en el mundo del arte en los años 60s.: el rechazo al formalismo artístico (en aquel momento dominante en la práctica creativa y crítica) a favor de un arte cuyo fin era significar (para modificar hábitos de pensamiento) o intervenir en el mundo y en la vida real (para transformarlo). En resumen, el libro, por su verdadera naturaleza, me parece ser el medio idealista (visible) por excelencia. El soporte material no tiene que ser tenido en cuenta, excepto en la medida en que contribuye al contenido”.